ESCALADA

La pared de escalada del campamento no es para los que temen a las alturas ni para los que se distraen fácilmente. A diferencia de las paredes de gimnasio de los mortales, la nuestra está viva y tiene un temperamento bastante explosivo. Para nosotros, subir por esas presas de piedra mientras dos enormes placas de roca chocan entre sí, amenazando con aplastarte como a una uva, es el pan de cada día. Los hijos de Hermes suben con una agilidad que roza lo insultante, como si la gravedad fuera solo una sugerencia, mientras que los hijos de Atenea analizan cada grieta y saliente antes de mover un solo dedo. Es un ejercicio de pura tensión muscular y mental, donde el calor que emana de las grietas te recuerda que, si no te mueves rápido, la lava que fluye por los bordes hará que tu descenso sea mucho más «ardiente» de lo planeado.

Lo más increíble es la vista que obtienes cuando finalmente llegas a la cima, con los pulmones ardiendo y los dedos entumecidos. Desde ahí arriba, puedes ver todo el campamento: las cabañas brillando bajo el sol, el campo de fresas y el brillo azul del estrecho de Long Island. En ese momento, el miedo a caer o a ser chamuscado por un chorro de fuego desaparece, reemplazado por una sensación de triunfo que solo otro semidiós puede entender. Intercambiamos miradas de respeto con los que están a nuestro lado, bajando luego por las cuerdas con la adrenalina todavía a mil. Al final, cada raspón en las rodillas y cada quemadura leve en el equipo son marcas de guerra que lucimos con orgullo, sabiendo que hemos conquistado uno de los desafíos más verticales y peligrosos del mundo griego.